Me subí al pequeño barco en bikini y hawaianas. Unos minutos antes me habían enseñado a usar el equipo de buceo en el patio del hotel. Me estaba quedando en el Punta Faro en isla Múcura, un paraíso  de arena blanca, aguas turquesa y bosques de palma en el caribe colombiano.

El primer paso fue ver un video con las instrucciones, luego me puse el tanque en la espalda y al final justo antes de subir al barco, firmé un papel que afirmaba mi consentimiento. Nunca había buceado en mi vida, estaba emocionada por ver todos esos peces de colores que viven en los Corales del Rosario, el área protegida donde haría mi primera inmersión.

Nos subimos al barco y nos dirigimos hacia el mejor punto de buceo entre las islas del archipiélago de San Bernardo, el archipiélago de Nuestra señora del Rosario y las ciénagas de Isla Barú.

Flotábamos en aguas tibias y claras, de lejos veía una isla tupida de palmas y abajo, los corales.

El buzo guía me dio la indicación de escupir mi máscara. Lo miré raro y me explicó que era para que no se empañara. Le hice caso y pasé a revisar el equipo. Primero hay que asegurarse de que el aire pase adecuadamente hasta la boca, luego inflar el salvavidas. Ya lista me senté en el borde del barquito y a la cuenta de tres me dejé caer de espaldas hacia el mar caribe.

En el agua desinflamos nuestros jackets y comenzamos a descender lentamente mientras compensamos nuestros oídos. La parte técnica estaba hecha, ahora tocaba disfrutar.

Foto: Faro Travel

Allá abajo hay sólo silencio, debes moverte lento para no perder la estabilidad, y no tocar nada. En ese mundo externo al nuestro somos sólo observadores, invitados que no deben perturbar el ecosistema.

Comenzamos a nadar cerca de los corales. Al principio me costaba mucho mantenerme lejos de ellos, me costaba avanzar y manejar mi cuerpo. Cuando sentía que estaba a punto de chocar con los corales me desesperaba, no quería dañarlos, pero poco a poco fui encontrando la manera de avanzar.

Foto: Amalia Elmadjid unsplash

Pronto me di cuenta de que para poder nadar bien bajo el agua hay que mantener el cuerpo recto, moviendo sólo los pies.

A mi derecha veía pececitos perfectos nadando entre corales amarillos, rojos y azules. Estaba anonadada con todo este mundo oculto bajo el mar cuando me di cuenta de que había una tortuga nadando al lado mío. Su forma de nadar es una de las cosas más relajantes que he visto en mi vida. Sus patitas se movían hacia atrás fluidamente y su rostro demostraba paz.

Foto: Jeremy Bishop Unsplash

Bucear fue menos adrenalínico de lo que imaginé. Más meditativo. Es más, mis conocimientos en meditación me ayudaron a mantener la calma cuando no pude controlar mi nado.

Fue una experiencia única y hermosa que voy a repetir cada vez que se me presente la oportunidad.  

¡Vive la experiencia de bucear!