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No me acuerdo bien cuándo fue, pero un día desperté con una decisión en las tripas. Podía sentirla retorcerse ahí dentro. A lo largo del día subió lentamente, pasando por mi estómago, mi esófago, mi garganta y terminando de salir a la hora de la cena. Abrí la boca para meter el tenedor con arroz y lo que salió fue “cuando grande quiero ser veterinaria e irme a cuidar elefantes a África”. Esa decisión mutó a ser doctora para Médicos sin Fronteras, pasó por ser corresponsal de guerra y en algún momento entre los 19 y los 23 terminó forjándose en una meta clara, irme a India y dejar que el viento me llevara para donde me quisiera llevar.

La meta física cambió a través del tiempo, no importaba si era veterinaria, doctora o periodista, lo único que tenía claro era que no quería hacer lo que todos decían que había que hacer.

Lo sabía, estaba decidido, pero el resto del mundo no estaba al tanto de eso. Profesores, padres y todos los adultos que entraban en contacto conmigo me presionaban a decidirme por una profesión, a los 17 años.

Una tarde después del colegio me imaginé entrando a la Universidad a estudiar una carrera elegida bajo presión, trabajando en una oficina para que un jefe pudiera tomar cruceros y comprarse autos último modelo. Me vi casándome, teniendo hijos, endeudándome para comprar una casa en un barrio lindo. Miré para adelante y vi una vida hecha. Decidida de antemano, antes incluso de yo haber nacido. Y entré en pánico.

Cosas oscuras pasaron por mi cabeza, pero sobre todo por mi cuerpo, y minutos antes de que acabaran conmigo, en voz alta dije “NO. Me rehúso a vivir una vida para alguien más”. Desde entonces decidí a conciencia vivir cada día como si fuera el último.

Nunca me gustó que me dijeran qué hacer, mucho menos en qué creer. Desde niña me di cuenta de que el catolicismo no podía responder ni la mitad de mis dudas, me di cuenta de que la religión que escogieron mis papás para mí, bajo la cual me bautizaron, es sólo una forma de explicar el mundo entre muchas otras.

Sentía en mis manos, en mi pelo, en mis huesos y en mi respiración que había otros paradigmas. Sabía que había modos diferentes de percibir el concepto de trabajo, presentía que había otras formas de definir el constructo de familia. Imaginaba que había otras versiones del bien y del mal. De lo bonito y de lo feo. De lo correcto y de lo incorrecto.

Por eso, un año exacto después de haber terminado la Universidad, agarré mi mochila, tomé de la mano a mi entonces novio, y partimos a explorar.

El objetivo era caminar por lugares remotos, probar cosas improbables, escuchar puntos  de vista ajenos a la realidad en la que crecí. Ver cómo otros se enfrentan al mundo, espiar las vidas paralelas pero alternas. Descubrir cómo ellos explican la vida y la muerte. Asimilar lo que deciden como bueno y malo. Nutrirme de las personas, de sus conocimientos y de sus motivaciones.

En la ruta, por primera vez tuve total poder sobre mis decisiones. Caminé por donde quise, planeé ir a lugares para luego deshacer esos planes, aprendí a improvisar y a enfrentarme a los inconvenientes.  Viajando me anclé al presente; disfruté de los buenos momentos y gracias a los malos evolucioné. Abrí mi mente y aprendí tanto del mundo como de mí misma. Indagué, experimenté y me reafirmé que para fluir tengo que ser fiel a mí.

Hoy, con bosques, ríos y ciudades tras mi espalda sigo buscando. Con un lápiz en calma o con una brújula en movimiento  poco a poco  voy descubriendo, paso a paso, voy armando.

 

“Vive como si fueras a morir mañana, aprende como si fueras a vivir por siempre”  Mahatma Gandhi.