Un pie tras otro pesados sobre el fango, calor húmedo, ni una pizca de brisa y al sol todavía le faltaba aparecer. Levantaba el pie derecho con tal fuerza, que mi bota de hule negra a ratos quedaba atrás. La bota de hule negra me llegaba hasta la rodilla y entre ella y mi pie cabían todas las alimañas que saben vivir en la tierra con agua. Por suerte ninguna se metió, al menos eso me imaginé, nunca tuve el valor de averiguarlo. Además, mi atención estaba afuera de mi pie, afuera de mi bota, ahí en el fango donde el pie iba a caer sobre la cabeza de un caimán.

Rogelio, nuestro guía nos había enseñado una dudosa técnica para no pisar caimanes durante nuestra excursión; agitar frenéticamente un palo de madera en el fango al frente nuestro antes de pisar. Esa técnica no me hacía sentir segura, pero de todas maneras no me la creía. No me creía que iba a pisar un caimán, ni que estábamos en una selva de verdad, tampoco me creía que en realidad nos íbamos a topar con ella, el objeto de nuestra excursión.

Mi primer acercamiento a una anaconda fue Jenifer López, Jeny- antes de Jeny from the block- gritaba aterrada mientras veía como Owen Wilson era devorado por una monstruosidad de animal. Yo tenía ocho años y ningunas ganas de encontrarme con esa larga viscosidad, mucho menos de ir a buscarla. Pero ahí estaba yo, junto a mi hermana y a cinco pelotudos más, chapoteando entre el verde acuoso del Pantanal boliviano, el humedal más grande del planeta que se extiende hasta Paraguay y a su parte más conocida en el Mato Grosso du Sul en Brasil.

Digo pelotudos porque éramos, quizás seguimos siendo, incómodos entes citadinos insertos entre matas y bestias viscosas, mosquitos imparables ni ante el más potente repelente. Blancos llenos de picaduras y emoción inocentona jugando a ser exploradores sin tener idea de cómo enfrentarse a la quietud de un caimán ni a las mordeduras de una hormiga. Pero no Rogelio. Él se sabía el pantanal y la selva como quien conoce los pasillos del supermercado. Sabía dónde encontrar todo. Necesitaba una capibara, nos llevaba a la capibara; quería que nos bañáramos con delfines, apagaba el motor de la lancha, tocaba tres veces la madera del barquito y aparecían los delfines; quería mostrarnos el caimán más gigantesco del hemisferio sur, y ahí estaba el lagarto. De seguro si le dabas un sombrero negro de copa alta, salían no uno, si no tres conejos y una anaconda detrás.

Mogli Tours le dijo a Rogelio que nos llevara y Rogelio nos llevó. A una canoa que anduvo por aguas calmas en un paseo de lo más relajante. Echados en sillas de playa puestas artesanalmente en la mini embarcación veíamos los arbustos pasar. El verde, los capibaras, las aves del paraíso, los caimanes y los monitos tití. Ellos con sus ojitos grandes y negros y su cabecita de peluche. Ellos venían a nosotros si les dábamos bananas. Pero no nos dejaban darles bananas porque Mogli Tours era de una alemana y su tour, a diferencia del resto, era ecológicamente responsable.

Eran tres días de bañarse con delfines rosados, pescar pirañas, apuntar los ojos de los caimanes con linternas y buscar una, una sola anaconda. Todo parecía un juego, una jungla de mentirillas armada con props de plástico en un galpón de Hollywood. 

Ese era el Pampas, uno de los dos tours que ofrecen todas las compañías de turismo en Rurrenabaque, la perla del Beni, como lo promocionan en Bolivia. El otro se llama Jungle. El Jungle es más aventurero, se sufre más, pero el Pampas te asegura la foto perfecta de las fauces de un caimán, si quieres, con tu mano adentro.

Era el último día de nuestra fantasía a lo Indiana Jones/Tomb Raider y ahí estábamos. La rubia belga cosiendo parches de banderas sudamericanas en su backpack y su novio con una guía de aves del Amazonas bajo el brazo. Rosita, bajita, ancha, quejona; del calor, de la lluvia y de todo lo que viviera en el río. Su esposo, holandés gigante ansioso por aventurarse a la jungla del exótico país donde nació su esposa. La hermana de Rosita, que descubría la selva entre risitas. Ellos, una hermana mía sin miedo a hablar con extraños e histriónica con media latita de cerveza y yo, con una inusual actitud sobreprotectora y una sensación de libertad difícil de digerir. Todos atrás de Rogelio. Rogelio, de ojos marrones y rasgos simétricos explicando, siguiendo huellas, oliendo rastros.

Salimos temprano y la recompensa fue una bandada de guacamayos rojos cruzando el cielo grisáceo del amanecer. Caminamos entre pastos largos que me llegaban hasta las caderas, dejamos nuestras huellas en el barro, paramos por snacks y seguimos caminando. La expectativa iba en aumento. Durante tres días nos habíamos preparado para ese momento. Durante tres días Rogelio nos había mostrado todos los rincones del pantanal, y mientras mis pies se enterraban en el fango me di cuenta.  Todo calzaba. Los consejos que nos daba para subir rápido a la lancha después de habernos bañado con los delfines;  la técnica para identificar los ojos de un animal en la oscura acuosidad;  la historia que nos había contado esa noche frente a la fogata. Rogelio nos había estado entrenando para nuestro encuentro con la reina del Amazonas. En ese viaje no sólo veríamos una anaconda, también descubriríamos las formas del pantanal para rastrearla y aprenderíamos a actuar correctamente frente a ella.

El barro se convirtió en tierra seca. Un río a la derecha, árboles bajos a la izquierda y en frente mío la imagen mental del relato de Rogelio. Un israelí siendo mordido por una serpiente venenosa por culpa de su tan estúpida como humana reacción. Al darse cuenta de que un animal serpenteaba entre sus tobillos, el hombre saltó y agitó los brazos como cual dibujo animado. Eso era exactamente lo que no teníamos que hacer.

La búsqueda continuaba, escuchaba a Rosita murmurar las palabras cansada y tarde cuando el grupo paró en seco. Mis pensamientos se desvanecieron al chocar con mi hermana que iba delante. Rogelio tenía una sonrisa en la cara que dejaba ver sus dientes blancos, blanquísimos en contraste con su piel. Me lanzó una mirada cómplice, o eso es lo que quise creer, y dijo que la tenía, que estaba ahí, bajo sus báculo improvisado, que fuéramos silenciosos, cautelosos y que nos acercáramos a ver uno por uno.

Y eso hicimos, fuimos uno por uno, y cuando fue mi turno, la miré, lo miré a él, la volví a mirar confundida y lo volví a mirar a él, esta vez con cara de decepción. Qué era eso, eso no era una anaconda, no era la reina del Amazonas, no era más que su abrigo. Rogelio rio a carcajadas y gritó entusiasmado que no nos rindiéramos, que nuestra presa estaba cerca.

El cielo comenzaba a enrojecerse otra vez, se hacía tarde y no había señales de la famosa anaconda. Había que tomar medidas extremas. Rogelio nos reunió a todos en un círculo y en un tono grave nos dividió en dos grupos. Los hombres irían a buscar a la presa en los lugares más probables. Se acercarían a lo que podría identificarse como el nido. Las mujeres, indefensas e inútiles a los ojos del hombre de la selva, nos quedaríamos esperando a que los machos llegaran con la presa viva o si teníamos suerte, a que la reina se dignara a darnos una visita.

Ahí nos quedamos, sentadas bajo la sombra de los árboles viendo cómo lo único que se acercaba a nosotras era la noche. El río, los árboles, y la amenaza de la oscuridad no eran más que escenografía en una obra donde la actriz principal no se dignaba a aparecer. Empecé a rendirme ante la idea de que no la veríamos. Que más daba, yo nunca había querido verla en un primer lugar. Encontrar a la anaconda había sido una necesidad implantada en mi cerebro por las agencias de turismo de Rurre. Un anhelo  que poco a poco se iría haciendo propio hasta mi siguiente visita al Amazonas.

Los chicos llegaron con las manos vacías, por más vueltas que le dieron al pantanal, la flaca viscosa no se quiso presentar. Y aunque no logramos encontrar el tesoro escondido en esa selva acuosa, me volví a casa creyéndome toda una Lara Croft. Con esa sensación que sólo te da el haber jugado a ser exploradora buscando a la reina del Amazonas, o mejor dicho del Pantanal.

Con esa sensación que sólo te deja el haber explorado la selva en busca de la reina del Amazonas, o tal vez, el haber jugado   

Las chicas nos quedamos tejiendo expectantes a que llegaran los machos con la presa viva. No. Eso no pasó. Ni nosotros tejimos ni ellos cumplieron la promesa del tour. Por más vueltas que le dieron al Pantanal, la flaca viscosa no se quiso presentar. El Pampas se acabó, nos tocó volver a la realidad. Pese a que no la encontramos, me volví a casa con esa sensación de Lara Croft en Tomb Raider